En enero pasado publiqué un post en el que hacía ver mi interés en que nuestra querida Ruca recibiera (¡al fin!) el nombre de nuestro fundador. Y terminaba ese post diciendo que había que moverse pronto porque más temprano que tarde intentarían vender el nombre del Monumental al mejor postor. Bueno, ese momento ha llegado y debemos saber cómo enfrentarlo.
Lo primero, me parece, es entender que Blanco y Negro no sólo está en su legítimo derecho a buscar formas alternativas de ingresos económicos, sino que además es su deber hacerlo. Por otro lado Mackenna ha esgrimido como razón el mejorar las condiciones del estadio, lo que a priori tampoco me parece irracional.
Hasta ahí, todo bien. El problema surge cuando se quiere echar mano a los emblemas institucionales como primera alternativa. ¿Por qué no prueban generar más ingresos haciendo de Colo-Colo un equipo competitivo a nivel internacional? Porque no les interesa. Porque el fútbol para ellos es sólo un medio entre tantos otros para generar más lucas o conseguir apariciones que luego les permitan ganar elecciones. Y si para ello tienen que arriesgar la cancha en un momento crucial del campeonato con un recital, lo hacen. O si quieren contratar un palo blanco que le permita a una sola persona controlar más del 38% de Blanco y Negro, tampoco se arrugan. O incluso, pueden prometer fundaciones a cambio de arrendar el estadio a equipos gitanos y después no cumplir… total, mientras los hinchas no sean accionistas mayoritarios, a nadie le importan.
Aclaro que no me molesta que haya quienes a través Colo-Colo quieran hacerse ricos o populares. Lo que me jode (y mucho) es que para ello estén dispuestos a mentir y a exponer nuestra institución del modo que lo han hecho durante este año. Si con el afán de lucrar no prostituirían a sus hijas, que por favor no lo hagan con nuestro patrimonio ni con nuestra identidad. Es un tema de respeto, un respeto que casi no existe y que nos obliga a los hinchas a alzar la voz a través de todos los medios posibles (cantos, afiches, post, etc.), y en especial a los que forman parte del directorio de la Corporación Club Social y Deportivo Colo-Colo, que hace mucho tiempo y por razones que no alcanzo a comprender, cedió el protagonismo a la empresa administradora de sus bienes.
Gestionar este equipo no es sólo evitar tener números rojos a final de año. Es también hacerse cargo de las emociones que Colo-Colo provoca en la mitad más uno de la población. Porque el indio que orgullosos lucimos en el pecho es mucho más que una marca: es una forma de ver las cosas, es la herencia que recibimos de nuestros abuelos, es el mejor regalo que nos hicieron nuestros padres. No permitamos que unos “hinchas” de última hora nos quiten eso.



