Hay noches en el Estadio Monumental que parecen escritas por un guionista caprichoso. De esas en las que pasamos de la tranquilidad al infarto en cuestión de minutos, y donde el desenlace exige un héroe inesperado. La velada de Copa Chile ante O’Higgins fue exactamente eso. Cuando el 2-0 inicial —gracias a Romero y Sosa— se desmoronó hasta convertirse en un tenso 2-2, el fantasma de la frustración empezó a rondar por los rincones de Macul, pero que fue espantado por un joven Felipe Raipán.
El reloj marcaba el minuto 87. Fernando Ortiz, en un movimiento que combinaba urgencia y fe ciega, mandó a la cancha a un muchacho que hace apenas un puñado de años estaba armando las maletas en su Pucón natal. Felipe Raipán, con la camiseta holgada y 16 años a cuestas, pisó el césped. Lo que pasó en el 90+1′ ya es historia: centro de Víctor Felipe Méndez, un salto impulsado por los sueños de miles de canteranos y un cabezazo que desató el delirio de las 20 mil almas presentes.
“Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!”, escribió alguna vez Rubén Darío. Pero en Colo Colo, la juventud no se va; se renueva, florece y, de vez en cuando, nos salva los partidos. Y es que la historia colocolina está marcada por la sangre joven y rebelde, que se para ante la adversidad y que suele tener estos episodios de emoción a lo largo de sus 101 años de existencia.
Lo de Raipán no es solo un hito estadístico —aunque convertirse en el segundo jugador más joven en anotar por el Cacique en un torneo oficial, superando a leyendas y solo detrás de Juan Carlos Alegría, es una brutalidad—. Lo de este chico es un recordatorio de la esencia de nuestro club. Es la historia del sacrificio puro, del niño que deja a su familia a cientos de kilómetros, que los abraza una vez al mes y que, de pronto, se encuentra en el mismo camarín con su ídolo de infancia y que veía sólo por TV, Arturo Vidal.
Llora Felipe Raipán y llora todo Colo Colo
Cuando Felipe rompió en llanto al celebrar, no lloraba solo él. Lloraba el esfuerzo de sus padres en el sur, lloraban las frías mañanas de entrenamiento en las juveniles y lloraba, de emoción, el hincha colocolino que siempre se ve reflejado en los cabros formados en casa.
El fútbol moderno exige inmediatez y la camiseta alba pesa como pocas en el continente. El propio Ortiz ya avisó que hay que llevarlo con calma, que el piso debe estar firme para que el techo no tenga límites. Y tiene razón. A los 16 años, el mayor riesgo es creer que ya se llegó a la meta, cuando en realidad es apenas la línea de partida.
Hoy celebramos a Raipán. Celebramos esos tres puntos que nos dejan líderes del Grupo E, pero por sobre todo, celebramos que la sangre nueva de Colo Colo sigue latiendo con fuerza. En tiempos donde el fútbol a veces peca de ser un negocio frío y calculador, ver a un chico de 16 años llorar de amor por la camiseta tras darnos un triunfo agónico nos devuelve el alma al cuerpo.
Sí, la juventud es un divino tesoro. Y hoy, ese tesoro se llama Felipe Raipán.
